TRANSPORTES Y SUEÑOS
Martha Rosler

El movimiento define la época. Al mirar el siglo pasado, se entiende claramente el vínculo que existe entre información y transporte (y su negra contrapartida inevitable, la muerte en masa). Los flujos regularizados de gente que va y viene del trabajo definen la ciudad, así como los viajes aéreos institucionalizados definen los vínculos nacionales, regionales y globales. El atractivo del viaje aéreo (para quien no depende de él) es su promesa de libertad. El sistema metropolitano de transporte subterráneo -en los Estados Unidos, el subway- no precisa de otro reclamo que la necesidad.

Los mundos separados de los viajes aéreo y subterráneo se reflejan el uno en el otro. Ambos traen consigo poblaciones vigiladas, controladas y protegidas del terror. El metro tiene, sin embargo, unos límites abiertos, se define por la facilidad de acceso y la corta duración de los viajes. Los vuelos, de accesos controlados, exigen unas medidas de seguridad que explicitan la naturaleza de este transporte, el mayor coste de los equipamientos así como de la incorporación al sistema, la elevada renta de los viajeros, la prolongada «demora» de la audiencia cautiva en el sistema, el inmenso volumen y valor de los bienes transportados junto a las personas, el cruce de fronteras nacionales, y la posibilidad del acto violento rubricado como terrorismo. Mientras las autoridades municipales exhortan a los viajeros del metro a permanecer despiertos y vigilar su comportamiento, los vigilantes del transporte aéreo no pretenden otra cosa que adormecer al viajero, real o metafóricamente, mediante la distracción. Cuanto más alta es la «clase» del servicio, más barrocas son las formas de distracción y más probable es que vayan acompañadas de una atención profesional personalizada.

Pero los sujetos móviles de estos dos sistemas siguen siendo personas, y ambos coinciden allí donde se revela su naturaleza subterránea. En el caso del metro esta condición de «subterraneidad» es genuina mientras que en el transporte aéreo es ilusoria, un artificio de la necesidad de sustituir por sueños y deseos el miedo a la muerte que subyace a su funcionamiento. El rápido movimiento a través de los túneles subterráneos evoca la fantasía del vuelo (especialmente en la infancia) mientras que el esfuerzo de las líneas aéreas va dirigido a la negación de su realidad.

Ambas formas de transporte dan respuesta a las necesidades más racionales del capital, pero, al mismo tiempo, evocan un espacio de experiencia a la vez consciente e inconsciente. Trazan mapas de lo cotidiano, el territorio común de la «realidad» y la metáfora. Son espacios reales, con infraestructuras y ornamentos, ruidos y música, olores y vistas, ofertas comerciales, publicidad, y señalización -y quizá ante todo con compañeros de viaje y trabajadores en el sistema. En cada sistema se evocan mundos dentro de mundos, en la medida en que la gente transita por ellos en estados de atención y distracción. El siglo empezó con la excavación de los túneles subterráneos del metro; acabó con la imagen nueva de una sociedad desconectada, flotando por encima del suelo o situada de algún modo en un espacio imaginario puramente computacional.