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	<title>Quaderns 2011 - 2016 &#187; ensayo</title>
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	<description>Revista d&#039;arquitectura i urbanisme</description>
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		<title>&#8216;Máscara. El espacio político tras la Guerra contra el Terror.&#8217; Marina Otero Verzier</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jan 2016 09:39:58 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La lavandería de mi barrio se dedica a algo más que a limpiar los trapos sucios. No se trata de negocios ilegales, todo lo contrario. Los trabajadores de Bubbleworks, en...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La lavandería de mi barrio se dedica a algo más que a limpiar los trapos sucios. No se trata de negocios ilegales, todo lo contrario. Los trabajadores de Bubbleworks, en el barrio neoyorkino de Prospect Heights, contribuyen a salvaguardar la seguridad nacional mientras lavan camisas. </p>
<p>“¿Trabajas en banca?”, pregunta el gerente cuando aparezco con seis quilos de ropa sucia comprimida en una bolsa de propaganda de la principal entidad financiera del país. “No reconozco tu acento, ¿de dónde eres?”. Con cada transacción, me somete a un breve interrogatorio. Un año después ya conoce mi dirección, número de teléfono y número de tarjeta de crédito; mis horarios, mi profesión, la empresa para la que trabajo; mi ropa interior, nacionalidad, tipo de visado y vida sentimental. A veces me descubro soñando con tener una lavadora. El otro día, mientras esperaba a que me entregara un par de camisas, me he fijado en los certificados que están enmarcados tras el mostrador. “Operation Nexus” leo, “Este negocio participa con la policía de NYC en labores de contraterrorismo”. El gerente, que ya ha vuelto con las perchas, me descubre mientras intento tomar nota. “Entonces, dijiste que eras arquitecta, ¿no?”.</p>
<p>En 2012, como consecuencia de los ataques del 11 de septiembre, la policía de Nueva York estableció la Operación Nexus, una red nacional de colaboradores, incluidos negocios habituales como aparcamientos, lavanderías o almacenes, unidos con un fin común: la prevención de un nuevo atentado terrorista en el país. Desde el inicio de la Operación Nexus, la policía ha visitado más de 30.000 establecimientos para animar a sus dueños y empleados a utilizar su experiencia profesional en labores de contraterrorismo. Para ello, se les proporciona una lista de protocolos personalizados con los que identificar “compras, encuentros o actividades que puedan tener conexiones con el terrorismo” e informar de ello a las autoridades.[1] A cambio, reciben un certificado enmarcado (como el de la lavandería de mi barrio) y se convierten en el primer mecanismo de alerta para proteger a la ciudad de Nueva York contra otro ataque terrorista.</p>
<p>De vuelta a casa, mientras hago una búsqueda rápida en la red sobre Operación Nexus, pienso que, tal vez, debiera llevar la ropa sucia a otro sitio; también en cómo las &#8220;arquitecturas de la seguridad&#8221; afectan a nuestra relación con el espacio público. En el siglo pasado, y sobre todo en el actual, hemos sido testigos de lo que Giorgio Agamben menciona en su libro <em>Estado de excepción</em> como la “generalización sin precedentes del paradigma de la seguridad como técnica normal de gobierno”.[2] Para las autoridades, al igual que para el gerente de Bubbleworks, todos somos una amenaza para el país, hasta que se demuestre lo contrario. Observados en la red, en los aeropuertos y también en las lavanderías, las medidas de seguridad establecidas para prevenir ataques terroristas han convertido la presunción de inocencia en presunción de culpa. Como muchas de las iniciativas de contraterrorismo establecidas desde el inicio de la denominada Guerra Contra el Terror, la Operación Nexus y su marco general denominado Urban Shield nos convierten a todos (y en especial a los inmigrantes) en sospechosos y, también, en vigilantes —“permanezca alerta y tenga un día seguro”, recuerda la voz del metro neoyorquino en cada trayecto. </p>
<p><img src="http://quaderns.coac.net/wp-content/uploads/2016/01/Nexus-1-690x526.jpg" alt="Nexus" width="690" height="526" class="alignnone size-large wp-image-4891" /></p>
<p>El terrorista, según afirma la policía, puede ser cualquiera que se haga pasar por “un cliente legítimo a fin de comprar o alquilar equipos y materiales, o someterse a cierto entrenamiento que le permita adquirir habilidades o licencias” que posteriormente podrían utilizarse para facilitar un atentado.[3] En este proceso, como nos recuerda el filósofo Étienne Balibar, el extraño es transformado en enemigo y es, en demasiadas ocasiones, sometido a represiones violentas y discriminaciones institucionales o, simplemente, a una continua vigilancia que amenaza su privacidad y su libertad de expresión.[4] No, no tengo nada que esconder, pero hace meses que llevo a Bubbleworks sólo aquello que no puedo lavar a mano afanosamente durante los fines de semana. Entiendo la importancia de proteger la seguridad nacional, pero prefiero no sentirme sospechosa cuando recojo mi ropa interior o al ver como lo que podría ser una charla amistosa de barrio se convierte en un mecanismo policial para la extracción de información sobre los ciudadanos. </p>
<p>El de la lavandería es, seguramente, el ejemplo más banal de como las prácticas actuales de vigilancia sin restricciones, fruto de las alianzas entre los sectores públicos y privados y los fines económicos y políticos a los que sirven, violan los derechos fundamentales y socavan la democracia. La recopilación de datos no tiene por qué ser necesariamente perniciosa, pero debemos prestar atención a las técnicas de poder que están en juego, algo que nos recuerda la declaración firmada por académicos de todo el mundo en contra del espionaje masivo. A través de esta carta solicitan a los estados que protejan eficazmente los derechos y libertades fundamentales y, en particular, nuestra privacidad. “Está protegida por los tratados internacionales, como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Convenio Europeo de Derechos Humanos,” nos recuerdan, “sin privacidad, la gente no puede expresar libremente sus opiniones o buscar y recibir información”.[5] Y es que las tácticas de contraterrorismo adoptadas por gobiernos y ejércitos ponen en evidencia la violencia inherente al ejercicio del poder y su capacidad para emprender acciones destinadas tanto a nuestra protección como a la destrucción de aquello que posibilita nuestra vida en común, incluida nuestra libertad y capacidad política.</p>
<p>La arquitectura participa de estos procesos. Podría argumentar que la situación respecto a Bubbleworks se solucionaría teniendo una lavadora en casa. Pero en Nueva York, en muchos casos, su instalación está prohibida por contrato y hay quien termina colocándola ilegalmente y desaguando directamente en la bañera. La cuestión va más allá y la solución no es cambiar de lavandería, sino una acción política capaz de articular desde la legislación que regula la arquitectura doméstica hasta las tecnologías y &#8220;arquitecturas de la seguridad&#8221; que construyen la ciudad global &#8220;inteligente&#8221;. El territorio dibujado por la Guerra Contra el Terror está localizado en la intersección entre los espacios físicos y legales, y se caracteriza por el uso creciente de la tecnología y los protocolos de guerra en el espacio cívico. Su aparato de &#8220;seguridad pública&#8221; tiende a ser gestionado desde los intereses privados.[6] En este contexto, a veces llego a olvidarme de que paseo todos los días bajo la mirada de cámaras de seguridad y sistemas de vigilancia urbana, incluso a interiorizar la coreografía que dibuja mi cuerpo —fuera chaqueta y zapatos, brazos detrás de la cabeza— al ritmo de los controles en los aeropuertos. Al hablar por teléfono, enviar mensajes y usar las redes sociales, mis preferencias y movimientos se almacenan en la nube, donde los comparto con amigos y familiares y, de paso, con programas de espionaje y empresas de recopilación de datos. Mis hábitos son analizados por algoritmos que me clasifican y por gerentes de lavanderías reconvertidos en informadores de la policía. Mediante una operación discursiva, las instituciones de poder normalizan este espacio de indeterminación entre legalidad e ilegalidad, ley y violencia, presentándolo como un instrumento efectivo en la lucha antiterrorista. La emergencia se convierte en la regla y la ciudad, en un campo de batalla.</p>
<p>Pero si desde las instituciones de poder se suspenden jerarquías legales y sociales para garantizar la seguridad, estas medidas son contestadas por movimientos cívicos antagonistas que emplean las innovaciones tecnológicas para construir espacios de libertad y acción política: redes internacionales de fuentes anónimas para la filtración de información clasificada; drones caseros que escudriñan las acciones de la policía; sistemas de encriptación para activistas, periodistas y organizaciones humanitarias; proyectos arquitectónicos con blindajes tipo Faraday, o simplemente acciones que van desde tapar la cámara del ordenador con un post-it, hasta negarnos a pasar por los escáneres corporales. Este es el espacio en que se desarrolla nuestra convivencia colectiva, la ciudad como una gran celebración de la anomia.</p>
<p>De hecho, como nos recuerda Agamben, el término iustitium —designación técnica del estado de excepción— construido como solstitium significa literalmente suspender el ius, el orden legal, lo que pone el estado de excepción en relación con las prácticas festivas como el carnaval y otras tradiciones chariváricas.[7] “Las fiestas anómicas dramatizan esta irreducible ambigüedad de los sistemas jurídicos y muestran, al mismo tiempo, que lo que está en juego en la dialéctica entre estas dos fuerzas es la propia relación entre el derecho y la vida.”[8] La fiesta anómica es, siguiendo este argumento, el espacio en el que tenemos licencia para suspender jerarquías legales y sociales y establecer nuevos órdenes, y en el que es posible llevar a cabo acciones “verdaderamente políticas”, aquellas que, como nos propone Agamben, sean capaces de “cortar el nexo entre violencia y derecho”. </p>
<p>No cambié de lavandería. En una ciudad como Nueva York agradeces que se interesen por ti, que te llamen por tu nombre, que te pregunten por tus amigos y tu familia. Que se te eche de menos cuando estás de vacaciones. Con cada pregunta, el gerente de Bubbleworks, en representación de la Administración, me protegía contra los peligros del terrorismo al tiempo que me sometía a una violencia legalizada y normalizada, articulada por las lógicas del neoliberalismo económico y enmascarada tras una charla informal. Horas antes de dejar la ciudad —y el país— decidí realizar una última visita a la lavandería, esta vez para declarar mi derecho a la privacidad y el peligro de los programas de vigilancia. Y, en el fondo, para probarme no culpable. Al entrar, encontré a mi vecino explicando como había pasado el fin de semana. Pagué la colada de ropa sucia, hice una foto al diploma, y me despedí con un “hasta luego”.</p>
<p>Mi próxima casa tendrá lavadora. Aunque sea instalada ilegalmente.</p>
<p>—Marina Otero Verzier. <em>Head of Research and Development, HNI. Chief Curator with the After Belonging Agency, OAT&#8217;16</em></p>
<p>&#8212;&#8211;<br />
[1] Operation Nexus, Police Department City Of New York (NYPD), página web oficial de la Ciudad de Nueva York, [Consulta: 12-11-2014]. Disponible en: <a href="http://www.nyc.gov/html/nypd/html/crime_prevention/counterterrorism.shtml" target="_blank">http://www.nyc.gov/html/nypd/html/crime_prevention/counterterrorism.shtml</a><br />
[2] Giorgio Agamben, State of Exception, trad. Kevin Attell (Chicago y Londres: The University of Chicago Press, 2005), 12 (cita traducida por el autor de este artículo).<br />
[3] Operation Nexus, Police Department City Of New York (NYPD), página web oficial de la Ciudad de Nueva York.<br />
[4] Ver Étienne Balibar, “Strangers as Enemies, Walls all over the World, and How to Tear them Down,  conferencia en Columbia University, 3 de noviembre de 2011. Disponible en: <a href="https://www.francoangeli.it/Riviste/Scheda_Rivista.aspx?idArticolo=45634" target="_blank">https://www.francoangeli.it/Riviste/Scheda_Rivista.aspx?idArticolo=45634</a><br />
[5] “Academics Against Mass Surveillance” [consulta: 4-1-2014]. Disponible en: <a href="http://www.academicsagainstsurveillance.net" target="_blank">http://www.academicsagainstsurveillance.net</a><br />
[6] Judith Butler ofrece una reflexión sobre las consecuencias de la militarización de la fuerza policial en Estados Unidos y el programa de contraterrorismo UrbanShield en la conferencia &#8220;HumanShield&#8221;, impartida en London School of Economics el 4 de febrero de 2015. Disponible en:<br />
<a href="http://www.lse.ac.uk/newsAndMedia/videoAndAudio/channels/publicLecturesAndEvents/player.aspx?id=2859" target="_blank">http://www.lse.ac.uk/newsAndMedia/videoAndAudio/channels/publicLecturesAndEvents/player.aspx?id=2859</a><br />
[7] Giorgio Agamben, <em>State of Exception</em>, 41, 71.<br />
[8] Ibid., 73.</p>
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		<title>&#8216;Population of Fragments or the Warehouse Man.&#8217; Aristide Antonas</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Apr 2014 09:41:05 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Disculpa, pero esta entrada está disponible sólo en English.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Disculpa, pero esta entrada está disponible sólo en <a href="http://quaderns.coac.net/en/tag/assaig/feed/">English</a>.</p>
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		<title>Jorge Otero-Pailos: &#8216;Restauración Revisitada&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 10:59:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ethel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(Català) La preservació ha tornat al centre de la teoria i la pràctica arquitectònica després de llanguir al marges durant més de mig segle. Tan sols una dècada enrere, hagués estat impossible pensar que les fites en aquest camp serien assentades per diversos i importants projectes de restauració.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La preservación ha vuelto al centro de la teoría y la práctica arquitectónica tras languidecer en los márgenes durante más de medio siglo. Tan sólo una década atrás, hubiera sido imposible pensar que los hitos en ese campo serían asentados por proyectos  com la restauración del Neues Museum en Berlin de David Chipperfield y Julian Harrap, el sutil <em>morphing</em> del Lincoln Center y la High Line en Nueva York,  de Diller Scofidio + Renfro, la preservación forense del Hermitage en San Petersburgo o la adaptación del Park Avenue Armory en Nueva York de Herzog &amp; de Meuron.</p>
<p>El artículo completo [en inglés] puede leerse en <a href="http://archrecord.construction.com/projects/Building_types_study/adaptive_reuse/2012/restoration-redux.asp" target="_blank">The Architectural Record</a></p>
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		<title>Urtzi Grau: &#8216;Tres réplicas del pabellón alemán&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Feb 2012 12:38:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ethel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las tres reconstrucciones completadas en 1986 en Barcelona (Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos), Madrid (Josep Quetglas) y Milán (OMA/Rem Koolhaas)...ilustran tres historias del Movimiento Moderno que utilizan el pabellón como argumento historiográfico.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Tras la clausura de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, el futuro del Pabellón Alemán de Mies van der Rohe quedó en el aire. Inicialmente se optó por una solución comercial, pero tras el fracaso de la negociación con un hostelero local interesado en abrir un restaurante, se decidió desmontar el edificio. El destino de sus restos sigue siendo incierto. Sabemos que el acero cromado volvió a Alemania, la estructura metálica se vendió a peso en Barcelona y los cimientos se quedaron en la parcela cubiertos por un jardín de palmeras. Mies reutilizó la estructura de uno de los taburetes en una mesa baja de su apartamento en Chicago, su colaborador, el Dr. Ruegenberg, convirtió uno de los paneles de ónix en el escritorio de su casa berlinesa y Philip Johnson se hizo con una de las sillas Barcelona que aún puede admirarse en la Glass House de New Canaan.</p>
<p>Quizá la escasez de restos aceleró la urgencia de su reconstrucción. Ya en 1957, Oriol Bohigas escribía a Mies para encargarle, de nuevo, el pabellón. El arquitecto alemán aceptó de inmediato, pero el proyecto nunca se llevó a cabo, inaugurando así una serie de intentos fallidos que se prolongaron después de su muerte: 1964, 1974, 1978, 1980, 1981&#8230;</p>
<p>Su desaparición material no era el único escollo. El pabellón existía como una serie de imágenes que circulaban en publicaciones de arquitectura, aunque la mayoría de los planos originales se perdieron en el apresurado traslado de Mies de Alemania a los Estados Unidos. Además, era imposible hablar de una documentación definitiva dado que el proceso de diseño y construcción había sufrido múltiples cambios de última hora. Resumiendo, los pocos documentos existentes no coincidían con las fotografías. La reconstrucción requería una doble operación: la reconstrucción de la materialidad del <em>Repräsentationspavillon</em> originalmente encargado a Mies, y la selección de los documentos que validaran las decisiones tomadas, es decir, la construcción de la historia del pabellón.</p>
<p>Este es el caso de las tres reconstrucciones completadas en 1986 en Barcelona (Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos), Madrid (Josep Quetglas) y Milán (OMA/Rem Koolhaas), coincidiendo con el centenario del nacimiento de Mies. Cada una de ellas resultó en una materialización y se basó en una selección de documentos radicalmente distinta, ilustrando tres historias del Movimiento Moderno que utilizan el pabellón como argumento historiográfico.</p>
<p>[…]</p>
<p>Continuar leyendo: <a href="http://quaderns.coac.net/wp-content/uploads/2012/02/Quaderns263_UrtziGrau.pdf" target="_blank">Tres réplicas del pabellón alemán PDF</a></p>
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		<title>John May: Infraestructuralismo: la patología de las externalidades negativas</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Sep 2011 17:56:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mario</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Particularmente agudo entre urbanistas y burócratas, para quienes la eficiencia es casi una obsesión erótica, el infraestructuralismo es una patología moderna en la que la retórica y la imaginería del discurso de la gestión sirven para borrar cualquier diferencia entre modernización primaria y reflexiva.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Se dice que nuestra vida moderna está en crisis y que nuestras infraestructuras son las responsables de ello. Que aun cuando en su momento nos sirvieron bien, nuestras infraestructuras necesitan una modernización generalizada –una modernización verde, lo que esto quiera decir– de modo que su capacidad para resolver las calamidades de la vida moderna se pueda ajustar a nuestro ámbito de influencia ampliado. Las infraestructuras, en esta lógica, deben funcionar “más eficientemente” –desde el punto de vista energético, financiero, etc.– para que puedan ayudarnos a gestionar nuestro medio ambiente deteriorado. La eficiencia está al orden del día.</p>
<p>Pero, ¿qué significa decir que un sistema de infraestructuras gestiona eficientemente su entorno? Consideremos dos casos de una categoría específica de problema infraestrucutral: los efluentes humanos o residuos corporales.</p>
<p>Al principio de su crecimiento, Chicago se asentaba sobre una extensión plana de roca. La población lidiaba con el problema del drenaje con un sistema de zanjas. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, las zanjas se convirtieron en canales abiertos de aguas residuales estancadas y en una amenaza para la salud. La ciudad abordó este problema con un proyecto de “modernización” de diez años en dos fases.</p>
<p>En la primera, el centro de la ciudad se elevó varios metros a fin de proporcionar una pendiente suficiente para asegurar niveles de flujo adecuados. Después se enterró el primer sistema de alcantarillado subterráneo de Estados Unidos en la ladera recién creada. El proyecto se completó en 1870 y, en términos de gasto relativo y esfuerzo, fue mucho más radical que cualquier propuesta actual de los defensores de las infraestructuras. ¿Ofreció el proyecto una solución al problema de los efluentes de Chicago? Volveremos a la pregunta más tarde. En todo caso, aseguró que los efluentes se alejaran eficientemente del centro de la ciudad.</p>
<p>Tomemos un ejemplo más reciente: Hyperion, la mayor planta de tratamiento de aguas residuales de Los Ángeles y una de las más grandes del mundo. Construida en 1894 como un punto de descarga de aguas residuales en la bahía de Santa Mónica, la planta se modernizó y “mejoró” en los 1970. Ahora procesa y trata 1.360 millones de litros al día y es considerada como uno de los grandes logros medioambientales de Estados Unidos en el siglo XX.</p>
<p>A pesar de los cien años que los separan, encontramos en cada caso, creo, dos formas de entender este concepto moderno de infraestructuras “funcionalmente eficientes”. La primera es a través del prisma del discurso de la gestión que acabamos de citar; es decir, un tipo específico de lenguaje en el que la vida se considera ante todo como un conjunto de problemas que se pueden gestionar a través de técnicas adecuadas de mantenimiento, vigilancia, etc. Se trata de un discurso que sustituye el concepto deductivo antiguo, normativo, de “solución” por el concepto mucho más extenso, flexible e inductivo de “gestión”. Es una orientación psicológica frente al mundo que se ha extendido en paralelo al surgimiento y maduración de la burocracia moderna, y la adiaforización que tipifica a sus sujetos. De acuerdo a esta lógica, los problemas –que ya no sólo se resuelven, sino se gestionan y resuelven– se presentan como conjuntos de datos de seguimiento estadístico de restringido a un ámbito determinado a través de procesos de parametrización y regulación. Se trata de la “gestión medioambiental” contemporánea.</p>
<p>Existe un otro punto de vista, en el que las infraestructuras como esta funcionan como imágenes de funcionalidad muy convincentes, si se admite, por ejemplo, que Hyperion pertenece a un sistema que abarca unos 10.500 kilómetros de redes de alcantarillado, que en esta década tuvieron un promedio de 600 “descargas accidentales” de categoría 1 cada año y que forma parte de un sistema territorial aún más extenso que liberó unos 106 millones de litros de aguas residuales en los cursos de agua de California tan solo durante el año 2008&#8230;</p>
<p>Sólo cuando descubrimos la retórica oscura de la gestión –donde realidades sistémicas se esconden descaradamente; donde la modernidad se mira las entrañas– podemos reconocer que instalaciones como Hyperion desempeñan un papel activo en el gran mito de la gestionabilidad que conferimos a nuestras infraestructuras. Dicho de otro modo: desde su expansión radical en el siglo xix, las infraestructuras modernas han realizado las tareas que se les asignaron, garantizando la distribución “correcta” de los contenidos de la modernidad –limpieza, comodidad, conveniencia– mediante la continua externalización de sus malestares.</p>
<p>Esta estrategia de externalidad negativa ha tenido lugar simultáneamente en dos registros: conceptual y sustancial. Conceptualmente, a través de palabras comunes como “subproducto”, “residuos” y “efectos secundarios”, los malestares de las infraestructuras son reinscritos continuamente dentro de un lenguaje de funcionalidad sistémica. Al mismo tiempo, la emanación material de la modernización es continuamente liberada a a través de las infraestructuras hacia un exterior que es a la vez abstracto y real. Este exterior puede ser cualquier repositorio de acumulaciones exponenciales continuamente externalizadas: el centro de la ciudad o sus periferias territorializadas, los países del sur o la atmósfera superior, el pulmón interior o el tejido adiposo&#8230;cualquier lugar más allá del alcance normal de percepción de la población en relación con una intervención infraestructural.</p>
<p>Estas acumulaciones son mucho más sustanciales que los beneficios que proporcionan. La infraestructura de los efluentes en nombre de la higiene, la infraestructura de las materias primas en nombre del capital, la infraestructura de la “transformación” animal en nombre del apetito. En cada caso, las acumulaciones gestionadas superan los beneficios, de forma que el lenguaje funcional de las infraestructuras, ha falseado o invertido su realidad material.</p>
<p>Esto siempre ha sido así. El proyecto de Chicago intensificó instantánea y exponencialmente la cantidad de desechos humanos liberados en un punto único en el río Chicago. También preparó el terreno para una explosión demográfica sin parangón en el siglo xix. El proyecto alteró de manera tan rápida y drástica la composición del río, que en 1906 Upton Sinclair dio a su tramo central el nombre de “arroyo burbujeante”, con referencia a la enorme liberación de gases resultantes de la descomposición de efluentes humanos y entrañas de cerdos.</p>
<p>Hoy en día, en lugares como Hyperion, en los nodos discretos pero evidentes de los grandes sistemas territoriales, el concepto de gestión se centra en el tratamiento de desechos a través de diversos procesos hasta que sean “seguros”: hasta que su composición haya logrado determinados parámetros estadístico-compositivos. En ese momento, el efluente líquido es lo suficientemente limpio para ser liberado en el mar a través de un conducto submarino de ocho kilómetros. En otras palabras: todo es externalizado, alejado de nuestro marco de percepción, sustituido por la imaginería de destreza de gestión.</p>
<p>Esta es característica notable de este ardid perceptivo: que los llamados fracasos asociados a estos sistemas materializan y refuerzan el teatro del funcionalismo moderno. La afirmación de que algo ha fallado temporalmente es, por supuesto, un corolario lógico de la suposición de que por lo general funciona correctamente.</p>
<p>Tomemos como ejemplo un reciente fallo que, si bien superior en tamaño a la media, está lejos de ser atípico. En 2006 se liberaron 7,5 millones de litros de aguas residuales en una playa de Los Ángeles, cuando una estación de bombeo situada al sur de Hyperion falló. El vertido se prolongó durante 14 horas antes de que se notificara, y más tarde se comentó lo sorprendente que había sido que incluso el sistema de alarma complementario de seguridad hubiese fallado. El accidente llevó a las autoridades a cerrar rápidamente la playa, mientras los equipos de emergencia trataban de reparar la estación de bombeo y desviar las aguas residuales.</p>
<p>Nos encontramos con una mezcla variada de elementos a través de los cuales “los sucesos infraestructurales” se producen burocráticamente, discursivamente, sociopsicológicamente: cinematográficamente. Medios de comunicación en “tiempo real”, modelación de escenarios e investigación de accidentes, discursos de gestión de la prevención, vigilancia y respuesta, relaciones públicas y bravuconería ingenieril como políticas de saneamiento: todo un triste espectáculo desenvolviéndose como una dramaturgia urbana de los excrementos. Esperanzadores y sinceros, rodeando el suceso por todos lados, estos elementos establecen las relaciones de causa y efecto. Forman un aparato perceptivo en el que están representados los procesos de infraestructura, ante todo, como espectáculos localizados; fallos breves y discretos en redes por lo demás benignas; acontecimientos trágicos presentados por corto tiempo en lugares específicos. Esto también es gestión medioambiental: una proyección continua, histriónica, de la salvación funcional e infraestructural.</p>
<p>Aparte de sus muchas ramificaciones políticas (¿no son las infraestructuras más eficientes también las formas más eficaces de control de la población?), una de las cualidades inquietantes de esta fórmula genérica es la exclusión casi total de las realidades más acuciantes a que se enfrenta el mundo actual. Muchas de nuestras catástrofes en curso no son aptas para este tipo de producción espectacular. Son procesos lentos que se desarrollan durante meses, años, décadas y siglos. A menudo, su frecuencia las hace invisibles a nuestros métodos de documentación: fenómenos microscópicos compuestos por acumulaciones que son, paradójicamente, imperceptiblemente extensos.<br />
Se nos presentan dos compases distintos, uno activamente ocultando el otro. El primero, el compás de la gestión de las infraestructuras, el tiempo del razonamiento estadístico y del cálculo de variaciones. De ritmo rápido y entrecortado, está marcado por crescendos regulares, que llamamos accidentes o averías, y que son atribuidos a fallos temporales o ineficiencias solucionables. El compás de gestión hace invisibles los fallos sistémicos. El segundo, el compás histórico o de las acumulaciones, es elegía que se despliega lentamente, de onda larga, en la cual toda la amplitud de la modernización es evidente.</p>
<p>En el primer compás, donde el concepto de eficiencia se ha formado a fin de excluir sus exteriorizaciones, nuestra retórica de la gestión tiene sentido. En el segundo, el propio lenguaje parece completamente absurdo, incluso contradictorio.</p>
<p>La incapacidad de reconocer o aceptar el compás histórico de las acumulaciones es el síntoma más pronunciado y obvio de un infraestructuralismo arraigado. Particularmente agudo entre urbanistas y burócratas, para quienes la eficiencia es casi una obsesión erótica, el infraestructuralismo es una patología moderna en la que la retórica y la imaginería del discurso de la gestión sirven para borrar cualquier diferencia entre modernización primaria y reflexiva. El infraestructuralismo está marcado por el encubrimiento de una verdad –una verdad terrible, insoportable para los modernos– de que los métodos más eficientes de gestión medioambiental son también, de hecho, los más destructivos y derrochadores. Es una mentira que nos contamos a nosotros mismos en sustitución de verdades que nos cambiarían si tuviéramos que enfrentarlas; la principal coartada moral de la supuesta superioridad de nuestras vidas “civilizadas”, sin límites.</p>
<p>¿Somos ahora completamente incapaces de soñar con antiinfraestructuras? ¿Con urbanismos que no existan únicamente a instancias de la dispersión, distribución y externalización eficaces? ¿Con poblaciones que no sean víctimas de su propia maquinaria cínica? De momento simplemente interpretaremos este drama, voluntariamente ciegos a los circuitos de su puesta en escena.</p>
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