Quaderns

D'arquitectura i urbanisme

Publicació del Col·legi d'arquitectes de Catalunya

‘Economía, ciudad y espacio público,’ Quaderns entrevista a Saskia Sassen

saskia

Quaderns #266

Saskia Sassen es Robert S. Lynd Professor de Sociología en la Universidad de Columbia y miembro del Committee on Global Thought (CGT) de la misma universidad. Autora de diversos libros, entre sus títulos se encuentran Territorio, autoridad y derechos: de los ensamblajes medievales a los ensamblajes globales, Cities in a world Economy, y Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. Durante su visita al CCCB en 2015 para el debate ‘Justicia e Igualdad,’ tuvimos la oportunidad de entrevistarla acerca de espacio público, política y ciudad.

Quaderns: Si en el anterior número de Quaderns relacionábamos domesticidad y política analizando cómo la pequeña escala de lo doméstico está directamente conectada con factores macroeconómicos, en este número ponemos el foco en la escala urbana ¿Qué papel ejerce el espacio público desde tu punto de vista?

Saskia Sassen: Cuando hablamos de espacio público lo hacemos de una categoría histórica bastante formalizada, la propia noción de espacio público está completamente instaurada en la forma misma en que pensamos. En ese sentido, la idea de espacio público en Europa significa algo muy específico, tiene connotaciones muy particulares. Cuando hablamos del espacio público europeo pensamos en un bien común muy importante, pero al mismo tiempo vemos cómo ese espacio contiene determinadas lógicas y códigos incrustados que, a medida que nuestras ciudades se hacen más grandes y heterogéneas acaban por convertirlo, de facto, en un elemento algo excluyente: el espacio público a menudo hace referencia a nuestras costumbres, no a otras costumbres. En ese sentido necesitamos algo más que ese espacio público ya reconocido, respetado, construido y cargado ideológicamente. Quizás, el espacio público adolezca de estar sobredeterminado. Necesitamos otras categorías.

En ese aspecto me interesa muchísimo la idea de espacio indeterminado. Todo el mundo debería poder reconocerse en él, fijémonos por ejemplo en un sujeto crítico: los sin poder, los discriminados, o la importancia de disponer de espacios indeterminados para movimientos sociales, como el 15M. Hablando de lo indeterminado, creo que la palabra calle en español no recoge ese significado que de algún modo sí contiene la palabra inglesa street. La palabra calle en español evoca cierta elegancia, street, por el contrario, evoca cierta idea de informalidad. Hace referencia a algo que no está totalmente terminado, algo que es todavía emergente. La idea de calle, entendida en ese sentido, es muy importante.

Q: Hablando de calle, a menudo te has referido al concepto de “calle global”.

S. S.: “Calle global” hace referencia al espacio complejo de la ciudad contemporánea. En la “calle global” se construyen los vínculos entre los grandes poderes políticos y económicos y el ámbito doméstico, los hogares. Un claro ejemplo de ello es lo que ocurrió entre los años 2000 y 2005, cuando se promovió de forma activa el acceso a las hipotecas fomentándose la deuda –no podemos olvidar que el crédito es deuda–. De esta forma, el sistema global financiero comienza a entrar en el mundo modesto de la domesticidad y precisamente la deuda es el mecanismo para lograrlo.

La conexión de la “calle global” con los poderes económicos se da a través de los grandes capitales que van comprando trozos de nuestras ciudades, que a menudo ni siquiera desarrollan, de manera que muchas veces la ciudad se transforma en una forma más de acumulación de capital.

Sin embargo, también es el espacio de aquellos grupos de personas a los que habitualmente llamamos los invisibles, los sin poder. Siempre digo que la ciudad es el espacio en el que esos sin poder pueden hacer historia. Diría que la calle, en el sentido de street que comentaba arriba, se diferencia de la noción clásica europea de espacios más ritualizados. Street y square son distintos –incluso desde el punto de vista de su lectura política–, a la piazza y el boulevard, quizás dos de los elementos más emblemáticos del espacio público europeo.

La calle, concebida de ese modo, más que un espacio en el que representar rutinas ritualizadas, es un lugar en el que pueden aparecer nuevas formas de lo social y lo político.

Q: Precisamente acabas de presentar en Barcelona un libro que lleva por título Expulsiones. Sin duda, en muchos casos estas han sido originadas por ese mecanismo de deuda al que te refieres ¿Cuál es el papel de los poderes económicos respecto a ese tipo de situaciones de expulsión social?

S. S.: Para hablar de eso se puede tomar un ejemplo que todos conocemos, los encuentros del Foro Económico Mundial en Davos. La finalidad de dichos encuentros entre las grandes potencias económicas consiste en construir un contexto cultural para que las élites del mundo, tanto económicas como políticas y mediáticas, acepten el modelo neoliberal y de privatizaciones.

Los encuentros del Foro de Davos se vuelven peligrosos porque logran presentar cualquier tema bajo una nueva narrativa con el objetivo de desactivarlo. Por ejemplo, el tema del último encuentro ha sido la desigualdad. Todos los grupos de poder económico aceptan que es un tema importante a debatir. Y es aquí cuando estas reuniones se vuelven peligrosas porque se enfocan en la generación cultural de una nueva narrativa –y un lenguaje– que la conviertan en aceptable. La desigualdad ya no se presenta como tal sino descrita en sus propios términos. De esta forma se crean situaciones de expulsión social mientras, por otro lado, se transmite el mensaje de que se está trabajando en solucionar el problema.

Estamos viviendo un momento extremo en el que la condición de “expulsión” se vuelve invisible, porque nuestras categorías –volvemos aquí a Davos y la creación de un lenguaje– no pueden captar ese momento extremo. Vivimos rodeados de toda una serie de invisibilidades, conceptualmente hablando.

Q: El abuso del turismo, como en algún caso se ha producido en Barcelona, también ha producido lógicas de expulsión a pequeña escala. ¿Cuál es tu diagnóstico?

S. S.: Para hablar de la ciudad hay que tomar distancia hasta perderla de vista. La ciudad es un sistema complejo pero incompleto, y ahí reside su capacidad de seguir inventándose a través de los siglos, de captar historias momentáneas, sobreviviendo a reinos, gobiernos o empresas poderosas. Nada dura tanto como la ciudad en nuestra historia.

En ese sentido, la ciudad no puede definirse únicamente a partir de un factor como la densidad. Por ejemplo, un megaproyecto puede ser muy denso, pero no construye ciudad. Esa lógica puede aplicarse también al turismo, los megahoteles y las grandes infraestructuras derivadas, que no necesariamente construyen ciudad.

Q: Cuando reflexionamos acerca de la relación del espacio público con lo político, vemos cómo en los últimos años se ha puesto el foco en las nuevas tecnologías. Sin embargo, parece que es el espacio público y el hecho de compartir un lugar lo que ha permitido que se produjesen -o cuando menos se visibilizasen-, el malestar y el disenso de la población, como ha ocurrido en muchos de los movimientos de protesta de los últimos años. ¿Cuál es tu visión?

S. S.: Boston tiene un clima terrible, por lo que en las calles se producen continuamente agujeros en el pavimento. Para solucionar este problema, un grupo de residentes desarrolló una aplicación a fin de localizar los agujeros e informar al ayuntamiento de la ubicación de los mismos para que, de esta forma, se pueda ir a arreglar la calle. El proyecto se llama Fix my street y está basado en el conocimiento que tienen los propios ciudadanos de su barrio, de su localidad. Un conocimiento que supera enormemente el que puedan tener los expertos, a menudo supeditados a una visión centralizada que habitualmente domina las políticas de gestión de la ciudad. Ese es sólo un ejemplo muy modesto de cómo utilizar las nuevas tecnologías y el lenguaje open source (podéis ver mi artículo “Open sourcing the neighborhood“), y hacerlas converger con el espacio público.

En este contexto, el 15M puede ser entendido como el primer paso de una trayectoria que tiene que ver con nosotros: todos somos importantes para la ciudad. Por eso es tan importante en la actualidad que nuevas organizaciones, como Podemos, utilicen las nuevas tecnologías para activar la participación o para debatir sobre cosas muy concretas. Paralelamente, el espacio público desempeña un papel muy importante a la hora de reforzar el tejido de barrio, algo que es determinante para recuperar las economías locales y alejarse de la economía de los bancos, porque los bancos basan su estrategia en la extracción.

Q: Siguiendo la idea de ciudad global, ¿cuáles son los factores sistémicos que se están produciendo en la construcción del espacio público?

S. S.: Estamos viviendo un momento muy especial, hay un agotamiento generalizado. Mientras Syriza estaba tomando el poder en Grecia, madame Christine Lagarde decía públicamente que el FMI iba a trabajar con Syriza, contradiciendo de forma minimalista y elegante las intenciones del gobierno alemán. Al mismo tiempo, el jefe de la Banca Central Europea admitía que el programa de austeridad europeo no había funcionado. Este conjunto de contradicciones revela una búsqueda de cambio y, en el caso de varios países de Europa, la nueva política está surgiendo a partir de los encuentros en las plazas, en los espacios públicos.

Toda condición compleja que existe es parcial. Pero su parcialidad me permite entrar en una discusión más cercana que es la que posibilita que la gente se una y luche por una causa común. Por eso es importante que en España haya nacido un partido político como Podemos. Todos estos aspectos surgen del espacio público pero, al crear relaciones, también crean a su vez espacio público. Por ejemplo, en España existe un espacio económico increíblemente distribuido, en donde cada localidad tiene sus tradiciones y estas tradiciones incluyen economías distribuidas. Economías que emplean a gente y que además mantienen elementos culturales y están basadas en producciones locales como la ropa, el aceite o el queso.

Q: Anteriormente te has referido a los peligros de la instrumentalización del lenguaje, al problema que supone nombrar algo. Este número se titula ‘Atlas of Political Clichés,’ que sin duda tiene que ver con el lenguaje y el uso recurrente de cierta terminología -o conceptos- y sus trampas. ¿Cuál crees que es la importancia del lenguaje?

S. S.: La gran mayoría del vocabulario que se utiliza hoy en día no tiene fuerza. A veces utilizamos términos buenistas como una invitación a no pensar. Las categorías que uno utiliza para pensar son muy poderosas, concentran gran cantidad de información, de conexiones históricas de todo tipo, como “el Estado”, “la clase media”, etc.

Debemos repensar esas categorías. Por eso existe una necesidad de extender el espacio conceptual más allá del mundo social. Cuestionarse el lenguaje: no aceptar “cambio climático” sino “tierras muertas”. Esta es la única forma de que el mensaje no se manipule y logremos asumir la responsabilidad de nuestras acciones.

Entrevista realizada en febrero de 2015 por el equipo editorial de Quaderns, Ethel Baraona Pohl, Guillermo López, Anna Puigjaner, José Zabala.

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